Un guitarrista flamenco

Últimamente, sobre las dos de la madrugada.

La habitación está a oscuras, me he despertado. Muevo un poco los pies y siento el frescor de las sábanas. Pongo atención. Oigo en la distancia al guitarrista de todas las noches. El rasgueo de las cuerdas se va haciendo más claro a medida que avanza por el paseo y va acercándose a mi ventana. Ahí es donde escucho “…y los pelos coloraaaaoooos…”, y luego la música y el cante se van alejando hasta que ya no se oye nada.

Alargo la mano hasta el reloj de la mesilla. Dos y cuarto de la mañana.

El miedo y el frío

Estaba soñando algo que me hacía sentir mucho miedo y mucho frío. Recordé dentro del sueño que había dejado abierta la ventana del cuarto, y me incorporé para cerrarla sin abrir los ojos. Volví a la cama y retomé la situación. Tenía que enfrentarme a aquello tan terrible que estaba haciéndome temblar, pero ya no sentía frío, y me di cuenta de que el miedo había desaparecido por completo. Entonces me entraron ganas de reírme y de ponerme a bailar.

Unas bragas blancas con lunares amarillos

LLevan días enganchadas en la arizónica de ahí afuera, reparo en ellas cada vez que me siento en el sofá y se me ocurre mirar hacia la ventana. Están muy cerca, son claramente visibles, aunque, la verdad, me gustaría ser capaz de obviarlas, no tener que contemplar la estampa que me ofrecen. Cuelgan de la rama como un reloj de Dalí y, pellizcando la prenda, suspendida en el aire, una pinza de madera que parece no pesar lo suficiente como para que la fuerza de la gravedad modifique la imagen que últimamente tengo que presenciar a diario.

No sé quién vive arriba, pero no me gustan esas bragas. Puedo verles la etiqueta, muy larga y llena de letras negras. Creo que si me esforzara un poco, podría llegar a leer lo que pone en ella, pero prefiero no obsesionarme con un calzón extraviado que cuelga frente a mi ventana. No es sano.

Noto que esas bragas me están empezando a dar rabia. Quizá pueda servirme del palo de la fregona para desengancharlas de la arizónica y perderlas de vista de una vez por todas.