Esta es una pequeña lista…

“…de algunos de los regalos que nos intercambiamos:

– Un abrecartas

– Una caja de galettes bretonas

– Un mapa de Islandia

– Unas gafas de motorista

– Una edición de bolsillo de la Ética de Spinoza

– Una docena y media de ostras

– Una biografía de Dickens

– Una caja de cerillas llena de arena de Egipto

– Una botella de tequila

– Y (cuando él estaba muriendo en el hospital) una corbata de seda de colores chillones, que le até bajo el cuello del pijama de franela rayado, riéndome para no aullar. Él también sabía por qué me reía.”

John Berger, El toldo rojo de Bolonia
Traducción de Pilar Vázquez, Abada Editores

corbata

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¿Qué tengo que hacer?

  1. “Suspender el coito durante tres días.
  2. Coitos cada segundo día, diciembre entero.
  3. Muchos paseos.
  4. Ir al dentista.
  5. Arreglar los asuntos financieros y teatrales.
  6. Educar a Olga en todos los aspectos, interrogándola.
  7. Una cura intensiva de leche y huevo.
  8. Tratamiento con agua fría del hueso sacro en contacto con el periné.
  9. Assycodile en casa.
  10. Dejar de seguir con las situaciones masoquistas que yo mismo he introducido últimamente. Colocar la cabeza entre las piernas, etc.
  11. Azotamiento.
  12. La negación rotunda y la simulación de tener celos.
  13. Provocar erecciones mentales.
  14. Analizar el comportamiento en la cafetería. Ahora que no duele.
  15. Suspender los regalos.
  16. Suspender los elogios.
  17. Cambiar las bases de la relación por otras más intelectuales. (Libros).
  18. Menos besos.
  19. Comportamiento sereno, moderado y lógico.
  20. ¡Ser un poco pendenciero!”

Géza Csáth, El diario de Géza Csáth
Traducción de Èva Cserhàti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. El Nadir Ediciones

Piedras

Me ha dicho que la quería porque le hacía comer flores y le regalaba piedras. Porque iban juntos al embalse, y ella se ponía a buscar rarezas por la linde del agua para llevárselas luego hasta donde él se había quedado sentado a esperarla. Le encantaba manosear los tesoros que le traía aquella pequeña salvaje.

Cuando quedaban en el descampado, también había regalos. Unos días le obsequiaba con sortijas que le venían grandes, otros con ramas de árbol que encontraba por ahí rotas (eso es lo que le decía la chica indómita), y a veces llegaba con libros viejos, dedicados a personas que probablemente ya estarían muertas.

Además, le dejaba notas confusas por todas partes. Unas veces con palabras, otras con señales, le obligaba siempre a seguir sus pistas. Y ahí sigue él todavía. Intentando entender qué quiso decirle con aquel último mensaje escrito en las piedras.