Venga, hombre

Yo no sé si me gusta ser futbolera, la verdad, porque se sufre un montón. Anoche iba con prisa a todas partes, pendiente de la hora para poder llegar por lo menos a ver la segunda parte de la semifinal, pero todo se iba enredando como por inercia, y yo cada vez de peor humor. Afortunadamente, llegué más o menos bien.

Después, la dinámica del partido. Como no entiendo las normas, todo es un a verlas venir. Si uno de los nuestros está a punto de marcar un gol, ¿por qué de repente se para el juego? Porque ES fuera de juego. Pues vale. Los comentarios de los periodistas también me confunden: adentrarse en un bosque de contrincantes blancos, pero qué jabato que es uno, y qué maquinita que es otro, y venga Jesusito que tú puedes, y así todo el rato. Me despisto de la bola y me quedo colgada en esas frases que sueltan, tan de andar por casa.

Además, me contagio del nerviosismo generalizado, del que transmite el televisor y del que llega desde la calle a través de los berridos de los vecinos que ven el partido en las terrazas de los bares. Y los penaltis, qué voy a decir yo que no sepa un futbolero de los de verdad. Me dolía el corazón, en serio. Qué tensión.

Pero lo peor fue al acabar el encuentro, porque justo cuando llegaba lo más bonito: nuestros chicos pletóricos de alegría, abrazándose y haciendo piruetas, los portugueses llorando con todo el peso de la derrota encima… van y ponen anuncios. ¡Venga, hombre! Así no hay quien se haga forofa ni nada, si después de haber sufrido tanto, te quitan lo que más te gusta. Aunque mejor, porque todavía no tengo edad para padeder del corazón.

En cualquier caso, sea como sea, no pienso perderme la final contra Italia.