El plátano

En la clase de lectura, a veces les pido a los niños que escriban un texto para compartirlo después en voz alta. Los distribuyo en parejas, y les dejo que intercambien ideas entre ellos antes de empezar a redactar lo que quieran sobre un tema concreto. Yo escucho y observo, y cuando hace falta, medio para evitar que sus conversaciones lleguen a convertirse en trifulcas. La comida no se tira, ha sido el tema que les he propuesto hoy.

– Se llama tartera – le ha dicho Luis a Pablo, vocalizando mucho todas las letras de la palabra tartera.

– ¡Y a mí qué me importa! – le ha contestado Pablo.

– Sí que te importa, porque llevas una al colegio.

– ¡Y tú qué sabes!

– Sí que lo sé, porque me lo ha dicho mi madre, que eso se llama tartera.

– ¡Y dale!

– Y el plátano ese que te salía por el bolsillo del abrigo antes de entrar a la clase también me ha dicho mi madre que es el mismo plátano que llevé yo ayer al colegio, que no quise comérmelo en el recreo porque no me gustan los plátanos, y mi madre se lo guardó en el bolso cuando vino a buscarme a la salida para comérselo ella luego, porque no le había dado tiempo a comer en el trabajo y tenía mucha hambre, pero entonces vino tu madre con tu hermana, y dice mi madre que le dio el plátano a la tuya para que se lo merendara tu hermana, porque tu madre le dijo a la mía que se le había olvidado coger la merienda para tu hermana, y a mi madre le dio pena y por eso le dio el plátano, pero tu hermana no lo quería, y entonces tu madre se lo metió en la cartera para que se lo comiera luego por el camino, después de que salieras tú del colegio, pero tú estabas tardando mucho, y por eso mi madre y yo nos fuimos y no nos quedamos a esperaros para volvernos juntos para el barrio, porque tú no salías, y era un rollo estar allí esperando. Y mi madre me ha dicho antes en la entrada de la biblioteca que era el mismo plátano de ayer, porque lo ha reconocido por las pintas negras. ¿Ya te lo has comido?

Yo he mirado de reojo mi bolso abierto sobre la silla, y he visto cómo asomaba el plátano que me había dado Pablo justo antes de entrar en el aula.

– Toma seño -me había dicho-, te he traído este regalo para que te lo comas luego de merienda, cuando se acabe la clase.

– ¡Muchas gracias, Pablo!

– De nada, seño.

Una bolsa de plástico

Si no te fijas bien, no puedes verla, pero ahí está, enredada en las larguiruchas ramas del plátano más alto del parque, agitándose furiosamente con el viento que ha empezado a soplar esta mañana. En realidad es solo basura, pero como tiene ese color verde mimético, que se confunde con las hojas que la envuelven, parece otra cosa. Parece un fruto raro que se infla cuando le da el aire. Parece una bandera perdida. Una prenda de vestir. Una medusa arbórea.

La gente pasa muy cerca, pero nadie se fija en ella. Ningún transeúnte se para, mira hacia arriba y observa. Esa cosa flexible de color intenso no le llama la atención a nadie, pero hoy forma parte del árbol, y lo adorna. Le da una cualidad extraordinaria que quizá mañana pierda, porque probablemente el viento terminará arrancándola de sus desgarbadas ramas para llevársela lejos, allá por donde pase algún barrendero municipal que le dé alcance por fin, y la ponga en el lugar que le corresponde.

Puede que venga otra bolsa de plástico a este plátano frondoso y alto, pero ya no será la misma bolsa, será cualquier otra.