Vida monacal

Comer tomates de verdad, orinar en la tierra, dormir a la sombra de un tilo. Caminar junto al río, sorprender a un corzo bebiendo agua, ver telas de araña gigantes. Tomar aguardiente, masticar miel solidifacada, soñar con carne de cordero. Escuchar campanas, oler las piedras húmedas, leer silencio.

monasterio

Conozco todos los argumentos

“Conozco todos los contraargumentos.

Conozco la futilidad de nuestra vida.

Conozco el hambre, la sed, el ansia.

La alegría.

¿El amor? También.

El desamor. La dicha y la desdicha.

Tropiezo cada día con la misma piedra.

Tropiezo cada día con la misma piedra.

Tropiezo cada día con la misma piedra.

Al final ya no se sabe

si es que hay piedra o es que tropezamos

por costumbre, por amor al arte,

porque no somos capaces de otra cosa.

Porque el hombre es un animal que tropieza.

Porque no somos capaces de otra cosa.”

Roger Wolfe, Gran esperanza un tiempo
Poema encontrado en el fondo de la papelera
Editorial Renacimiento

Piedras

Me ha dicho que la quería porque le hacía comer flores y le regalaba piedras. Porque iban juntos al embalse, y ella se ponía a buscar rarezas por la linde del agua para llevárselas luego hasta donde él se había quedado sentado a esperarla. Le encantaba manosear los tesoros que le traía aquella pequeña salvaje.

Cuando quedaban en el descampado, también había regalos. Unos días le obsequiaba con sortijas que le venían grandes, otros con ramas de árbol que encontraba por ahí rotas (eso es lo que le decía la chica indómita), y a veces llegaba con libros viejos, dedicados a personas que probablemente ya estarían muertas.

Además, le dejaba notas confusas por todas partes. Unas veces con palabras, otras con señales, le obligaba siempre a seguir sus pistas. Y ahí sigue él todavía. Intentando entender qué quiso decirle con aquel último mensaje escrito en las piedras.