El lector vampiro

nosferatu. http://www.creepyshake.com/2015/02/10/nosferatu

“Entre las creencias relacionadas con la brujería está la que prescribe como eficaz antídoto contra una bruja echar de noche un gato muerto en la puerta de la propia casa. La bruja se inclinará sobre el animal para contar sus pelos, tarea que la tendrá ocupada hasta que aclare y entonces se la podrá atrapar. Parece ser un rasgo de los amos de la noche la compulsión del recuento. También los vampiros al chupar la sangre de sus víctimas se enfrascan en una tarea de, por así decirlo, saneamiento profundo. Y muchos lectores se comportan igual. Aunque no les guste el libro que están leyendo no lo sueltan hasta acabarlo. No tienen en la mano un libro sino un gato muerto, y no pueden librarse de su hechizo. Cuentan cada una de sus malditas palabras, víctimas de la misma compulsión totalizadora que comparten brujas y vampiros.”

Fabio Morábito, El idioma materno
Editorial Sexto Piso

Un guitarrista flamenco

Últimamente, sobre las dos de la madrugada.

La habitación está a oscuras, me he despertado. Muevo un poco los pies y siento el frescor de las sábanas. Pongo atención. Oigo en la distancia al guitarrista de todas las noches. El rasgueo de las cuerdas se va haciendo más claro a medida que avanza por el paseo y va acercándose a mi ventana. Ahí es donde escucho “…y los pelos coloraaaaoooos…”, y luego la música y el cante se van alejando hasta que ya no se oye nada.

Alargo la mano hasta el reloj de la mesilla. Dos y cuarto de la mañana.

Leave me alone

Ayer por la tarde fui a depilarme. Siempre me atiende la misma chica, así que hemos acabado por hacernos medio amigas. Se llama Isa, y le gusta pinchar su propia música dentro de la cabina.

Ayer Isa tenía el día torcido: un desengaño amoroso. Hablaba a toda velocidad, y me contaba con detalle lo que había sucedido, sin darse ella un respiro ni darme a mí pie a hacer ningún comentario. Por lo visto el chico la había estado chuleando hasta que a ella se le había acabado la paciencia, que había sido ese mismo día por la mañana, así que necesitaba desahogarse, y allí estaba yo para que pudiera hacerlo mientras me quitaba los pelos de las piernas con cera tibia. Hablaba y hablaba según iba dándome los tirones, que me estaban doliendo más de lo habitual, pero yo no me quejaba porque entendía que era debido a su estado de irritación.

– Leave me alone de una vez, le he dicho, leave me alone, que estoy muy harta ya de tus tonterías.

Después de decir esto, me pidió que abriera las piernas para continuar con las ingles. Estuve a punto de proponerle que lo dejáramos para otro día, que no me corrían prisa las ingles, pero me dio no sé qué irme de aquella forma, dejándola con esa rabia contenida en medio de la faena, así que mientras ella trasteaba en el ordenador para cambiar la música, yo obedecí y me abrí de piernas todo lo que pude.

– Punto pelota -sentenció.

Luego se inclinó sobre mí con la espátula cargada de cera, y empezó a sonar una canción. Se enfrascó en mis ingles y se quedó callada. Yo no intenté reanudar la “charla” porque estaba concentrándome en aguantar el dolor que me producían los tirones y no podía pensar bien. Además, parecía que se estaba tranquilizando, y no era cuestión de reavivar su mal humor volviendo sobre el mismo asunto. Cuando me miró para decirme que ya había terminado el sufrimiento, vi que tenía los ojos llorosos, igual que yo. La canción se acabó en aquel momento, y hubo un silencio que se me hizo eterno hasta que empezó a sonar la siguiente.

– Perdona por todo este mal rollo -se disculpó mientras me aplicaba la espuma hidratante.

Le dije que no se preocupara, que seguro que se le pasaría el disgusto pronto, que no le diera más importancia de la que tenía. Y ella me contesto que sí, que no pasaba nada, que las cosas eran así y que ya estaba. Se dio la vuelta y toqueteó de nuevo en el programa de música mientras yo me vestía. Empezó a sonar otra vez la misma canción de antes, la de las ingles. Luego se puso a cambiar la funda de papel de la camilla para la siguiente depilación, le di dos besos de despedida y salí de la cabina para ir a pagar.

Un corazón con pelos

Una señora con la piel oscura y arrugada por el sol o por los rayos uva. Entra en el vagón de metro como si fuera una reina, altiva, tiesa, el cuerpo ceñido por un traje de falda y chaqueta con rayas de cebra; y ocupa su asiento cruzando las piernas.

Van pasando las estaciones sin que apenas haga un gesto que altere su posición erguida, cuando la llaman por teléfono. Abre el bolso de charol, coge el móvil sin prisa y contesta dulcemente. Escucha. Vuelve a hablar despacio, con mesura, y luego atiende otra vez con amabilidad y con paciencia. De repente, tuerce la boca y frunce el ceño, gritándole al aparato.

– ¡Tú lo que tienes son pelos en el corazón! -me sorprende el tono de su voz, que se ha vuelto grave como la de un hombre.

Vuelve a escuchar de nuevo, pero esta vez se remueve intranquila en el asiento y tiene la cara desencajada.

– ¡Un corazón con pelos! ¡Eso es lo que tú tienes!

Entonces se levanta, roja de ira, y con el iphone aún pegado a la oreja, sale del convoy, que acaba de pararse en la estación de Atocha. Montada en sus tacones de aguja, se dirige rauda hacia las escaleras mecánicas, pero se detiene en seco. Y en un gesto de rabia, tira el teléfono a la papelera más cercana, vociferando algo que yo ya no puedo oír porque el vagón ha vuelto a cerrar las puertas y se está poniendo otra vez en marcha.

Lo último que veo antes de entrar en el túnel, es que la gente del andén se vuelve para mirarla.