¡Y una mierda!

Estoy esperando de pie en el andén de la estación de Ventas, mirando un videoclip de Beyoncé que está saliendo en la pantalla que cuelga del techo. Las van a pasar putas, oigo que dice un hombre a mi derecha. Retiro la vista de la tele para mirarle a él, y veo que está hablando por el móvil, que viene dando zancadas, y que tiene mucha barba. Pues porque son tres viejacas, le escupe al teléfono justo cuando pasa por delante de mí. Le sigo con la mirada hasta que tengo que girar la cabeza y ya solo le veo la espalda. Si fuera como tú dices, me daría con un canto en la piñata, suelta él entonces. Lleva toda la camisa sudada. ¡Y una mierda!, es lo último que escucho antes de que tuerza a la izquierda y desaparezca para coger las escaleras mecánicas. ¿De dónde ha salido este hombre? Me ha revuelto el estómago.

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El abrazo

Dentro de un momento se producirá un abrazo que durará seis horas. No hay ninguna garantía sobre lo que ocurrirá después, pero hay asientos libres para el que quiera quedarse a verlo. No se admiten pipas y se ruega silencio. Nos comeremos inmediatamente a toda aquella persona a la que le suene el teléfono móvil.

Un corazón con pelos

Una señora con la piel oscura y arrugada por el sol o por los rayos uva. Entra en el vagón de metro como si fuera una reina, altiva, tiesa, el cuerpo ceñido por un traje de falda y chaqueta con rayas de cebra; y ocupa su asiento cruzando las piernas.

Van pasando las estaciones sin que apenas haga un gesto que altere su posición erguida, cuando la llaman por teléfono. Abre el bolso de charol, coge el móvil sin prisa y contesta dulcemente. Escucha. Vuelve a hablar despacio, con mesura, y luego atiende otra vez con amabilidad y con paciencia. De repente, tuerce la boca y frunce el ceño, gritándole al aparato.

– ¡Tú lo que tienes son pelos en el corazón! -me sorprende el tono de su voz, que se ha vuelto grave como la de un hombre.

Vuelve a escuchar de nuevo, pero esta vez se remueve intranquila en el asiento y tiene la cara desencajada.

– ¡Un corazón con pelos! ¡Eso es lo que tú tienes!

Entonces se levanta, roja de ira, y con el iphone aún pegado a la oreja, sale del convoy, que acaba de pararse en la estación de Atocha. Montada en sus tacones de aguja, se dirige rauda hacia las escaleras mecánicas, pero se detiene en seco. Y en un gesto de rabia, tira el teléfono a la papelera más cercana, vociferando algo que yo ya no puedo oír porque el vagón ha vuelto a cerrar las puertas y se está poniendo otra vez en marcha.

Lo último que veo antes de entrar en el túnel, es que la gente del andén se vuelve para mirarla.