Venga, hombre

Yo no sé si me gusta ser futbolera, la verdad, porque se sufre un montón. Anoche iba con prisa a todas partes, pendiente de la hora para poder llegar por lo menos a ver la segunda parte de la semifinal, pero todo se iba enredando como por inercia, y yo cada vez de peor humor. Afortunadamente, llegué más o menos bien.

Después, la dinámica del partido. Como no entiendo las normas, todo es un a verlas venir. Si uno de los nuestros está a punto de marcar un gol, ¿por qué de repente se para el juego? Porque ES fuera de juego. Pues vale. Los comentarios de los periodistas también me confunden: adentrarse en un bosque de contrincantes blancos, pero qué jabato que es uno, y qué maquinita que es otro, y venga Jesusito que tú puedes, y así todo el rato. Me despisto de la bola y me quedo colgada en esas frases que sueltan, tan de andar por casa.

Además, me contagio del nerviosismo generalizado, del que transmite el televisor y del que llega desde la calle a través de los berridos de los vecinos que ven el partido en las terrazas de los bares. Y los penaltis, qué voy a decir yo que no sepa un futbolero de los de verdad. Me dolía el corazón, en serio. Qué tensión.

Pero lo peor fue al acabar el encuentro, porque justo cuando llegaba lo más bonito: nuestros chicos pletóricos de alegría, abrazándose y haciendo piruetas, los portugueses llorando con todo el peso de la derrota encima… van y ponen anuncios. ¡Venga, hombre! Así no hay quien se haga forofa ni nada, si después de haber sufrido tanto, te quitan lo que más te gusta. Aunque mejor, porque todavía no tengo edad para padeder del corazón.

En cualquier caso, sea como sea, no pienso perderme la final contra Italia.

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Cuartos de final

Lo reconozco. Deseaba con todas mis fuerzas que ganara España y que perdiera Francia. ¿De dónde provenía esta pasión extraña? Me preocupé. Buceé en mi subconsciente y di con la explicación: había establecido una asociación muy intensa entre Sarkozy y el equipo francés. ¡Voilà! El resultado del partido sirvió para la catarsis, aunque vaya por delante que los políticos españoles tampoco me gustan nada. ¡Olé!

Busquets, por Dios, ¡tira!

Esto es lo que gritaba el comentarista de la tele, justo cuando me abría la puerta de su casa mi amigo Alfonso. Se desgañitaba el hombre, le salían gallos de forzar tanto la voz por el micrófono. ¿Era necesario tanto aspaviento?

Entré en el salón y dije hola a todos los reunidos. Por lo visto, el partido entre España y Croacia estaba siendo complicado, y había mucha tensión en el ambiente porque, según lo que me explicó Alfonso acerca de cómo va eso de los puntos y de los grupos, así por encima y como muy deprisa, España podía quedarse fuera de la Eurocopa si no marcaba un gol lo antes posible. Entonces entendí lo del periodista deportivo, que además era de Tele 5, para más señas.

Me hice un hueco en el sofá y me senté sin descolgarme el bolso, porque yo no quería que perdiera España, que conste, pero si la selección no marcaba antes de diez minutos, aquello iba a ser todo un espectáculo de frustración y derrota, y no iba a perdérmelo por nada del mundo.

El tiempo pasaba, y yo también empecé a ponerme de los nervios, igual que mis amigos futboleros y que los hinchas españoles que enfocaban las cámaras de vez en cuando, mordiéndose las uñas con la cara pintada a rayas.

– ¡Pero si ese es Feli! -voceé sorprendida, señalando el primer plano de la pantalla.

Mis compañeros de sofá ni me miraron, estando como estaban, metidos en la intriga del juego.

– ¡Feli! ¡Mi novio de cuando vivía en el barrio de Aluche! -insistí, a pesar de que la pantalla volvía a estar ocupada por los jugadores, que corrían desaforados por todo el césped.

Nadie me respondía, aunque yo los miraba a todos uno por uno esperando a que me dijeran algo. Nada. Al principio me dolió que me ignoraran, pero enseguida me hice cargo de lo que estaban sufriendo en aquel momento y dejó de importarme que no me hicieran caso. Qué cosas tiene el fútbol, pensaba, hacía millones de años que no veía a Felipe y tenía que encontrármelo por la tele, mordiéndose las uñas en un estadio polaco.

Entonces fue cuando metió el gol Jesús Navas, que me cae muy bien, por cierto, y todo el mundo empezó a chillar de alegría:  los seguidores de España que saltaban en las gradas, los comentaristas deportivos de Tele 5, toda la gente reunida en la casa de Alfonso, y los vecinos del piso de al lado, desde donde venían alaridos mucho más espeluznates que los que se escuchaban por la tele.

España estaba salvada.