Cuando leemos…

“… la mayor parte de las veces nos ahorramos el trabajo de pensar. De aquí el alivio sensible que experimentamos cuando, después de haber estado ocupados por nuestros propios pensamientos, pasamos a la lectura. Pero, en tanto que leemos, nuestro cerebro no es, a decir verdad, más que un campo cerrado de pensamientos extraños. Resulta de aquí que aquel que lee mucho y casi todo el día, pero que no se entrega en el intervalo a pasatiempos exclusivos de toda reflexión, pierde poco a poco la facultad de pensar por sí mismo, como un hombre que está siempre a caballo, y que acaba por encontrar difícil andar a pie. Ahora bien: tal es el caso de un gran número de hombres instruidos, que han leído hasta embrutecerse. Una lectura continua paraliza más el espíritu que un trabajo manual incesante, pues éste, al menos, permite entregarse a los pensamientos propios.”

Arthur Schopenhauer, Sobre la lectura y los libros
Edición de Pedro Aullón de Haro
Editorial Sequitur

Cincinnati Main Library, USA. http://sylviakuijsten.com/2015/01/17/de-10-mooiste-bibliotheken-ter-wereld/

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¿De dónde viene el deseo de ser escritor?

“Que alguien se someta por su propia voluntad a una tortura diaria con raros episodios de dicha extática sólo puede deberse a una disfunción, sea la deformidad general del cuerpo (Pascal), la sordera (Ronsard), ceguera (Milton), cojera (Byron), manquera (Cervantes), tartamudez (Esopo), asma (Séneca), dislexia (Dickens), anorexia (Kafka), insomnio (Cioran), epilepsia (Dostoievsky), neurastenia (Proust), halitosis (Voltaire), sífilis (Nietzsche), jaqueca (Schopenhauer), paranoia (Teresa de Jesús), psicosis (Hölderlin), delirio (Artaud), vértigo (Lutero), alcoholismo (Poe), toxicomanía (De Quincey), necrofilia (Burroughs), impotencia (Eliot), pederastia (Carroll), joroba (Leopardi), tisis (Novalis), o a traumas infantiles como la parálisis (Walter Scott), tuberculosis (Pope), personalidad dividida (Karl May), orfandad precoz de madre (Descartes), de padre (Stendhal) o de padre y de madre (Tolstoi); también al carácter suicida de quien lleva siempre en el bolsillo un frasco de veneno (Lovecraft) o a quien al final se quita la vida (Kleist). Que la idea de ser escritor resulte tan atractiva para la mayoría, incluyendo a los sanos, es lo que resulta inexplicable.”

Miguel Catalán, La nada griega
Editorial Sequitur