Año Nuevo

Gloria Fuertes. https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero32/gfuertes.html

 

“A primeros de enero de un año cualquiera,

con amores y nombres ya seleccionados,

con los huesos maduros a mitad de mi vida

me PROMETO solemne no sufrir demasiado.

 

Si me pegan, que peguen,

si me aciertan, me han dado,

y si pierdo en la Rifa,

será porque he jugado.

 

Me fastidian las penas,

me da alergia el enfado,

con el ceño fruncido

parezco un feto raro.

Año nuevo viuda nueva

(¡Qué tópico más sano!)

Nueva luz ilumina

mi ascensor apagado

de subir a deshora

de estar comunicando,

de hacer la angustia en verso

de hacer el tonto en vano,

de sembrar mis insomnios

de tachuelas y clavos.

 

A mitad de mi vida

de par en par sonrisa y puerta abro,

-que no quiero acabar por los pasillos

con el corazón apolillado-.

 

PROMETO no volver

a ahogaros en mi llanto,

no volver a sufrir,

sin un motivo

muy justificado.”

 

Gloria Fuertes, Obras incompletas
Ediciones Cátedra

Un beso

Fue hace mucho tiempo, dentro de un iglú de seis plazas, en la zona de acampada de un macrofestival de música cerca de la playa, de madrugada. Yo intentaba dormirme, y buscaba la mejor postura posible dentro de aquel saco viejo que me habían prestado, pero cuando estaba empezando a conseguirlo, entró el único que faltaba de todos los que formábamos el grupo. Siempre el último. Me hice la dormida porque no tenía ganas de hablar con él. Se acercó hasta mí, y aunque yo no lo veía, lo notaba cerca, cada vez más cerca. ¿Por qué se me estaba pegando? No quise fingir que me despertaba. Seguro que venía borracho y tenía ganas de charla, y yo estaba cansada y quería dormir, así que no moví ni un solo músculo aunque sentí que su aliento ya me rozaba la cara. Olía a ron con coca-cola. Esperé. Entonces me besó en la nariz. Un beso breve y ligero, como de colibrí. Yo no abrí los ojos, pero se me aceleró el corazón. ¿Va a tocarme?, pensé. Y seguí haciéndome la dormida mientras él seguía respirando cerca de mí. Estuvo así un rato. Después se retiró, y escuché cómo trasteaba con su saco hasta que dejó de hacer ruido y su respiración se volvió pesada, como las de todos los demás. Y ya no me pude dormir.

colibrí. http://servicios.educarm.es/admin/webForm.php?aplicacion=NATURA&mode=ampliacionContenido&sec=68&ar=12&cont=8209&web=6&zona=CENTROS&menuSeleccionado=

Violeta Parra

Violeta Parra. http://www.emol.com/mundografico/especiales-de-emolcom/495673/violeta-parra-junto-hijos-angel-isabel-periodista.html?G_ID=2336&F_ID=1047777

“Cuando fui para la Pampa
llevaba mi corazón
contento como un chirigüe,
pero allá se me murió.
Primero perdí las plumas
y luego perdí la voz.
Y arriba quemando el sol.

Cuando vide los mineros
dentro de su habitación,
me dije: “mejor habita
en su concha el caracol,
o a la sombra de las leyes
el refinado ladrón”.
Y arriba quemando el sol.

Las hileras de casuchas
frente a frente, sí, señor;
las hileras de mujeres
frente al único pilón,
cada una con su balde
y con su cara de dolor.
Y arriba quemando el sol.

Si alguien dice que yo sueño
cuentos de ponderación,
digo que esto pasa en Chuqui,
pero en Santa Juana es peor.
El minero ya no sabe
lo que vale su dolor.
Y arriba quemando el sol.

Me volví para Santiago
sin comprender el color
con que pintan la noticia
cuando el pobre dice “no”.
Abajo, la noche oscura,
oro, salitre y carbón.
Y arriba quemando el sol.”

Arriba quemando el sol, Violeta Parra

La cantante calva, Violeta Parra

Un corazón con pelos

Una señora con la piel oscura y arrugada por el sol o por los rayos uva. Entra en el vagón de metro como si fuera una reina, altiva, tiesa, el cuerpo ceñido por un traje de falda y chaqueta con rayas de cebra; y ocupa su asiento cruzando las piernas.

Van pasando las estaciones sin que apenas haga un gesto que altere su posición erguida, cuando la llaman por teléfono. Abre el bolso de charol, coge el móvil sin prisa y contesta dulcemente. Escucha. Vuelve a hablar despacio, con mesura, y luego atiende otra vez con amabilidad y con paciencia. De repente, tuerce la boca y frunce el ceño, gritándole al aparato.

– ¡Tú lo que tienes son pelos en el corazón! -me sorprende el tono de su voz, que se ha vuelto grave como la de un hombre.

Vuelve a escuchar de nuevo, pero esta vez se remueve intranquila en el asiento y tiene la cara desencajada.

– ¡Un corazón con pelos! ¡Eso es lo que tú tienes!

Entonces se levanta, roja de ira, y con el iphone aún pegado a la oreja, sale del convoy, que acaba de pararse en la estación de Atocha. Montada en sus tacones de aguja, se dirige rauda hacia las escaleras mecánicas, pero se detiene en seco. Y en un gesto de rabia, tira el teléfono a la papelera más cercana, vociferando algo que yo ya no puedo oír porque el vagón ha vuelto a cerrar las puertas y se está poniendo otra vez en marcha.

Lo último que veo antes de entrar en el túnel, es que la gente del andén se vuelve para mirarla.