¿Qué es lo que oigo?

Se lo dice una chavala a otra, en los asientos que tengo enfrente, dentro de un vagón de metro que va en dirección a Aluche. Llevan un rato hablando sobre otra chica.

– Pasa de ella, es una puta.

Parecen muy poco enteradas. Seguro que todavía no saben que no hay persona en el mundo que no se haya vendido alguna vez en su vida.

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Piedras

Me ha dicho que la quería porque le hacía comer flores y le regalaba piedras. Porque iban juntos al embalse, y ella se ponía a buscar rarezas por la linde del agua para llevárselas luego hasta donde él se había quedado sentado a esperarla. Le encantaba manosear los tesoros que le traía aquella pequeña salvaje.

Cuando quedaban en el descampado, también había regalos. Unos días le obsequiaba con sortijas que le venían grandes, otros con ramas de árbol que encontraba por ahí rotas (eso es lo que le decía la chica indómita), y a veces llegaba con libros viejos, dedicados a personas que probablemente ya estarían muertas.

Además, le dejaba notas confusas por todas partes. Unas veces con palabras, otras con señales, le obligaba siempre a seguir sus pistas. Y ahí sigue él todavía. Intentando entender qué quiso decirle con aquel último mensaje escrito en las piedras.