Canónigos

Entré corriendo en el chino del barrio. Tenía prisa. Me fui directa al rincón de las verduras. No los encontraba. Alcé la voz para preguntarle al hombre del mostrador que estaba junto a la puerta.

– ¿Tienes canónigos?

– ¿Calóligo? – me contestó él también a voz en grito.

– No te preocupes, muchas gracias.

Salí de allí precipitadamente, dejándole con cara de duda. Después me di cuenta de que había sido una maleducada.

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