Gente fea

– Da igual dónde vayas -le dice la señora que tengo enfrente a su amiga, que va sentada al lado-. En el ambulatorio, en el mercado, en el autobús, aquí mismo en el metro…

– Sí, y hasta en la peluquería -contesta la otra-. La gente es muy fea, chica. Yo, en el único sitio donde veo gente apañada es en las bodas, pero ahí se acaba la cosa, luego ya a ver dónde encuentras.

– En la estación del tren también hay gente fea. Me di cuenta ayer, cuando iba a Móstoles a visitar a mi cuñada.

– Y en los parques, que también me fijo cuando saco a la Princesa para que haga sus cosas.

– Pues yo he conocido a muchas personas bellas a lo largo de mi vida – interrumpe un viejo que está sentado cerca de nosotras-, qué quieren que les diga.

Las señoras se callan, creo que intimidadas por la cantidad de arrugas que tiene el hombre en la cara, pero este no añade nada más a lo que ha dicho porque gira la cabeza hacia la puerta del vagón para mirar a un grupo de jóvenes que acaba de entrar hablando y riendo con mucho escándalo. Yo también les miro. Observo sus caras, cómo van vestidos, cómo se mueven, cómo se ríen, cómo se tocan, cómo hablan.

Voy a tener que bajarme en breve y las mujeres no han vuelto a decir ni una palabra. El viejo sigue a lo suyo, escudriña a los adolescentes de arriba abajo y se sonríe. Me parece que le brillan los ojos.

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