Desesperación

rondador. http://www.boliviamall.com/en/master-crafters/rondador-de-18-tubes-ntildeanda-mantildeachi-p-12300.html-¿Es que no te importa nada? – pregunta la madre al hijo, llena de rabia.

-¡Bah!

Y el niño se pone a mirar al fondo del vagón en marcha, donde un músico callejero ha empezado a tocar la flauta andina.

Postergación

Los tengo delante, dos peldaños más arriba, subiendo por las escaleras mecánicas del metro para salir a la Avenida de América. Un adolescente con tupé que lleva un libro en la mano, y un hombre gordo con gafas de pasta.

-El peso de esa palabra densa y oscura te está aplastando contra los cojines del sofá del salón -dice el adolescente.

-¿Pero de qué estás hablando? -contesta el hombre.

-De la postergación.

-¿Cómo?

-Postergación, posposición, procrastinación… Llámalo como quieras, papá, pero ese es tu verdadero problema y tienes que reconocerlo.

-Hostia puta, con el jodío niño de los cojines.

sofá y cojines. http://espaciohogar.com/cojines-sofa/turquoise-pillows-white-sofa-0211-de-jpg/

Yo ya no sueño

Estoy embebida en mis pensamientos, dejándome acunar por el traqueteo del tren, cuando de pronto escucho a mi lado: yo ya no sueño. Me giro, y es una mujer mayor, canosa y desgreñada, que me está clavando los ojos. Yo ya no sueño, repite. Y yo no sé qué decir. El vagón se detiene y se abren las puertas y ella se levanta y se marcha. No sé qué pensar.

Grete Stern - Sueño nº 7. https://www.ivam.es/exposiciones/antoni-muntadas-y-los-mass-media/

Un ojo morado

Me la encuentro siempre en el metro, aunque nunca hemos hablado. La semana pasada, cuando entró en el vagón, no pude evitar mirarla más de la cuenta. Tenía un ojo morado, y también parte del labio. ¿Qué le había pasado? Probablemente se habría caído, o se habría dado un golpe contra una puerta. O puede que le hubieran pegado un puñetazo. Eso era lo que a mí me parecía, desde luego, a pesar de que yo no quería pensarlo. Me dio un poco de pena, pero lo cierto es que ella iba sonriendo.

Ayer me caí por la calle de la forma más absurda. Un tropezón. Punto. El resultado han sido varias magulladuras en distintas partes del cuerpo, entre ellas, la cara. Un ojo morado y parte del labio. Parece que me han pegado, pero no, ha sido solo un golpe tonto contra el asfalto. Me doy un poco de lástima cuando me miro al espejo, aunque también me da la risa, tengo que reconocerlo. No sé qué pensará ella cuando me la encuentre en el metro. Quizá me mire más de la cuenta. Quizá le dé pena.

The Young Lady with a Shiner, by Norman Rockwell. http://sandstead.com/images/wadsworth_athenaeum/

Piensa en lo mío

perfume de hombre. http://untoquedevitalidad.es/herbalife-fragancias/63-perfume-de-hombre.htmlSe abren la puertas del vagón y entro. Ahí de pie, dos hombres encorbatados se están despidiendo con un fuerte apretón de manos. Piensa en lo mío, dice el que se va. Descuida, eso ya está hecho, contesta el que se queda. Después viene a sentarse a mi lado.

No me gusta su perfume. Me estoy mareando.

Comunicación

En el interior de un vagón de metro lleno de gente y bastante sucio, una mujer apoya la espalda sobre la puerta cerrada para conservar el equilibrio. Va de pie, y se tambalea con los vaivenes del tren en marcha. Al otro lado del cristal, la velocidad se refleja en lo oscuro de las paredes del túnel. Yo soy especial, le dice a su acompañante. Silencio. El hombre no se inmuta, ni la mira. Ella vuelve a la carga: me gusta ser diferente. Silencio infinito. El hombre no reacciona. Entonces la mujer se rinde y se vuelve hacia mí, y se da cuenta de que llevo un rato observándola. Yo bajo la vista y hago como que sigo leyendo, pero ya no me acuerdo de por dónde iba.

túnel del subte de Buenos Aires. http://es.wikipedia.org/wiki/Subte_de_Buenos_Aires

Impulso

rostro de mujer de Kile Zabala. http://www.dibujosde.es/detalle.php?iddibujo=646Entró una mujer y se sentó frente a mí. De vez en cuando se cruzaban nuestras miradas. Pero qué bonita es, pensé. Empecé a ponerme nerviosa. Nunca me había pasado antes. De repente, no pude contenerme y, cuando el tren paró y se abrieron las puertas, me levanté y me fui hacia ella. Eres guapísima, le solté.

Ella me miró con cara de sorpresa. Yo salí del vagón sin esperar a que dijera nada. Me llevaba la euforia. Caminé por el andén hasta que el convoy desapareció dentro del túnel, y luego me senté en un banco a esperar el próximo tren. Me faltaban cinco estaciones para llegar a mi destino. Empecé a sentir vergüenza.

¿Qué es lo que oigo?

Se lo dice una chavala a otra, en los asientos que tengo enfrente, dentro de un vagón de metro que va en dirección a Aluche. Llevan un rato hablando sobre otra chica.

– Pasa de ella, es una puta.

Parecen muy poco enteradas. Seguro que todavía no saben que no hay persona en el mundo que no se haya vendido alguna vez en su vida.

Gafas

– Pues estoy un poco preocupada…

Voy subiendo las escaleras mecánicas para salir a la superficie. Dos mujeres me adelantan por la izquierda. Una de ellas va hablando, cojo algo de lo que dice al vuelo.

– …porque de un tiempo a esta parte, todos mis amantes necesitan gafas.

Hora punta en el metro

Asfixia.

¡Y una mierda!

Estoy esperando de pie en el andén de la estación de Ventas, mirando un videoclip de Beyoncé que está saliendo en la pantalla que cuelga del techo. Las van a pasar putas, oigo que dice un hombre a mi derecha. Retiro la vista de la tele para mirarle a él, y veo que está hablando por el móvil, que viene dando zancadas, y que tiene mucha barba. Pues porque son tres viejacas, le escupe al teléfono justo cuando pasa por delante de mí. Le sigo con la mirada hasta que tengo que girar la cabeza y ya solo le veo la espalda. Si fuera como tú dices, me daría con un canto en la piñata, suelta él entonces. Lleva toda la camisa sudada. ¡Y una mierda!, es lo último que escucho antes de que tuerza a la izquierda y desaparezca para coger las escaleras mecánicas. ¿De dónde ha salido este hombre? Me ha revuelto el estómago.

Gente fea

– Da igual dónde vayas -le dice la señora que tengo enfrente a su amiga, que va sentada al lado-. En el ambulatorio, en el mercado, en el autobús, aquí mismo en el metro…

– Sí, y hasta en la peluquería -contesta la otra-. La gente es muy fea, chica. Yo, en el único sitio donde veo gente apañada es en las bodas, pero ahí se acaba la cosa, luego ya a ver dónde encuentras.

– En la estación del tren también hay gente fea. Me di cuenta ayer, cuando iba a Móstoles a visitar a mi cuñada.

– Y en los parques, que también me fijo cuando saco a la Princesa para que haga sus cosas.

– Pues yo he conocido a muchas personas bellas a lo largo de mi vida – interrumpe un viejo que está sentado cerca de nosotras-, qué quieren que les diga.

Las señoras se callan, creo que intimidadas por la cantidad de arrugas que tiene el hombre en la cara, pero este no añade nada más a lo que ha dicho porque gira la cabeza hacia la puerta del vagón para mirar a un grupo de jóvenes que acaba de entrar hablando y riendo con mucho escándalo. Yo también les miro. Observo sus caras, cómo van vestidos, cómo se mueven, cómo se ríen, cómo se tocan, cómo hablan.

Voy a tener que bajarme en breve y las mujeres no han vuelto a decir ni una palabra. El viejo sigue a lo suyo, escudriña a los adolescentes de arriba abajo y se sonríe. Me parece que le brillan los ojos.

Mil millones de cervezas

Tengo que bajarme en la siguiente estación, así que me levanto, voy hacia la salida que me pilla más cerca, y espero a que pare el tren. Al lado de la puerta hay dos hombres que conversan. Van sentados, y cada uno de ellos lleva un niño pequeño en brazos.

– ¿Te imaginas que tenemos que volver a aprender a ligar ahora, tío? Qué pereza.

– Pero qué dices, si nunca hemos sabido ligar. Nos bebíamos mil millones de cervezas y nos enrollábamos con lo primero que caía. ¿Es o no es?

– ¡Es!

Y los dos empiezan a partirse de risa mientras los niños les miran con cara de no saber qué está pasando ahí.

Tres tíos

Yo sigo con la vista fija en la misma línea del libro que hace diez minutos, y con la oreja puesta. Las dos chicas que van sentadas a mi lado siguen hablando entre ellas.

– Pues si yo voy a follar con tres tíos, quiero enterarme, qué quieres que te diga.

– Eso es lo que yo le he dicho a ella, tronca, pero le importa una mierda.

– Está muy loca.

– Le hace gracia no acordarse de nada, y que se lo fueran contando después los colegas.

– ¿No se muere de vergüenza?

– ¡Qué se va a morir! Si ya está diciendo que en la próxima fiesta se va a comer el doble de lo que se ha comido en esta. Para fliparlo más, dice la muy tonta.

– Pues yo no pienso estar pendiente de ella, no te jode, que espabile de una vez, tanta pirula y tanta droga.

– Por cierto, ¿a ti te queda algo?

Y en estas, se levantan y se van para las puertas del vagón, que en ese momento se abren.

– Ni gota -dice la otra.

Y salen.

Y yo me quedo con la vista fija en la misma línea del libro, y de ahí no paso en lo que me queda de trayecto porque sigo pensando en todo lo que he estado escuchando antes.

 

Coches amarillos

Vagón de la línea 9 del metro de Madrid, dirección Plaza de Castilla. En los asientos de enfrente, un chico grande y gordo se queja a su compañera, flaca y pequeña, que escucha en silencio mirando las manchas del suelo.

– Es que ya no la soporto, te lo digo en serio, siempre pidiendo pasta y armando bronca.

El chico le cuenta que la otra pide y gasta, y que no asume las responsabilidades que le tocan de la convivencia en la casa que comparten. La chica flaca asiente, pero cuando va a decir algo, el chico gordo no la deja, y sigue con su diatriba acerca de las cosas que no le gustan de la otra.

– Es igual que con lo de los coches amarillos, joder, ve un coche amarillo, pum, le da una hostia. Y sigue buscando coches amarillos para seguir dando hostias.

La chica pequeña le mira de reojo, pero no intenta abrir la boca porque sabe que el gordo no va a dejar que diga nada. Lo sé hasta yo, no lo va a saber ella, que parece que le conoce desde hace mucho tiempo.

– Y tú no sabes la de ropa que se compra, y luego encima ni se la pone…

– ¡Pues no le compres ni le pagues nada, joder! ¡Que si fuera puta, sería de oro, con todos los gilipollas que se tira!

Me ha impresionado la reacción de la pequeña. El grandullón se ha callado de golpe, ha parado de quejarse. Quedan los dos en silencio y llega la estación donde tengo que bajarme. Me gustaría seguir en el vagón para ver cómo continúa la historia, pero hoy no puedo hacerlo porque ya llego muy tarde.

Nota encontrada en el suelo

Marí, estas camisas no le gustan a Álvaro. Si las quiere, lléveselas.

Patricia

Un corazón con pelos

Una señora con la piel oscura y arrugada por el sol o por los rayos uva. Entra en el vagón de metro como si fuera una reina, altiva, tiesa, el cuerpo ceñido por un traje de falda y chaqueta con rayas de cebra; y ocupa su asiento cruzando las piernas.

Van pasando las estaciones sin que apenas haga un gesto que altere su posición erguida, cuando la llaman por teléfono. Abre el bolso de charol, coge el móvil sin prisa y contesta dulcemente. Escucha. Vuelve a hablar despacio, con mesura, y luego atiende otra vez con amabilidad y con paciencia. De repente, tuerce la boca y frunce el ceño, gritándole al aparato.

– ¡Tú lo que tienes son pelos en el corazón! -me sorprende el tono de su voz, que se ha vuelto grave como la de un hombre.

Vuelve a escuchar de nuevo, pero esta vez se remueve intranquila en el asiento y tiene la cara desencajada.

– ¡Un corazón con pelos! ¡Eso es lo que tú tienes!

Entonces se levanta, roja de ira, y con el iphone aún pegado a la oreja, sale del convoy, que acaba de pararse en la estación de Atocha. Montada en sus tacones de aguja, se dirige rauda hacia las escaleras mecánicas, pero se detiene en seco. Y en un gesto de rabia, tira el teléfono a la papelera más cercana, vociferando algo que yo ya no puedo oír porque el vagón ha vuelto a cerrar las puertas y se está poniendo otra vez en marcha.

Lo último que veo antes de entrar en el túnel, es que la gente del andén se vuelve para mirarla.