Algo extraño

No tengo ni idea de qué podrá ser aquello que cuelga de las ramas del sauce.

Quizá debería acercarme para averiguarlo.

O quizá no.

Anuncios

Un envoltorio de pastelillo

Estoy segura de que esto lo ha perpetrado un niño. ¿Quién si no iba a tomarse la molestia de pelar una ramita de este espigado ciprés para colgar el envoltorio como si fuera un adornillo navideño? Demasiadas molestias para un adulto. Y esto no tiene pinta de que haya sido un accidente.

El envoltorio es de papel de alumnio, con impresiones de colores vivos, y está doblado varias veces a lo largo de sí mismo. A continuación se han unido los extemos en un nudo bastante rudimentario. Un envoltorio de pastelillo en forma de arete, eso es lo que prentendía el niño. Luego se ha puesto a arrancar las hojas de la ramita que le venía más a mano, según su altura, y por último ha colgado el envoltorio como si fuera un adornillo.

Estaría aburrido, el pobre. Hay que reconocer que los cementerios no ofrecen muchas opciones lúdicas.

Unas bragas blancas con lunares amarillos

LLevan días enganchadas en la arizónica de ahí afuera, reparo en ellas cada vez que me siento en el sofá y se me ocurre mirar hacia la ventana. Están muy cerca, son claramente visibles, aunque, la verdad, me gustaría ser capaz de obviarlas, no tener que contemplar la estampa que me ofrecen. Cuelgan de la rama como un reloj de Dalí y, pellizcando la prenda, suspendida en el aire, una pinza de madera que parece no pesar lo suficiente como para que la fuerza de la gravedad modifique la imagen que últimamente tengo que presenciar a diario.

No sé quién vive arriba, pero no me gustan esas bragas. Puedo verles la etiqueta, muy larga y llena de letras negras. Creo que si me esforzara un poco, podría llegar a leer lo que pone en ella, pero prefiero no obsesionarme con un calzón extraviado que cuelga frente a mi ventana. No es sano.

Noto que esas bragas me están empezando a dar rabia. Quizá pueda servirme del palo de la fregona para desengancharlas de la arizónica y perderlas de vista de una vez por todas.

Una bolsa de plástico

Si no te fijas bien, no puedes verla, pero ahí está, enredada en las larguiruchas ramas del plátano más alto del parque, agitándose furiosamente con el viento que ha empezado a soplar esta mañana. En realidad es solo basura, pero como tiene ese color verde mimético, que se confunde con las hojas que la envuelven, parece otra cosa. Parece un fruto raro que se infla cuando le da el aire. Parece una bandera perdida. Una prenda de vestir. Una medusa arbórea.

La gente pasa muy cerca, pero nadie se fija en ella. Ningún transeúnte se para, mira hacia arriba y observa. Esa cosa flexible de color intenso no le llama la atención a nadie, pero hoy forma parte del árbol, y lo adorna. Le da una cualidad extraordinaria que quizá mañana pierda, porque probablemente el viento terminará arrancándola de sus desgarbadas ramas para llevársela lejos, allá por donde pase algún barrendero municipal que le dé alcance por fin, y la ponga en el lugar que le corresponde.

Puede que venga otra bolsa de plástico a este plátano frondoso y alto, pero ya no será la misma bolsa, será cualquier otra.