Final de la Champions League

Hirvió Madrid.

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Paseos cuando hay fútbol

Camino durante largo tiempo sin cruzarme con nadie, el parque está solitario. Todo es paz y sosiego entre los árboles. De repente, un murmullo que crece en la distancia. ¿Qué pasa? Lo averiguo cuando me acerco. Los socios del club de fútbol del barrio han ocupado el bar del polideportivo, y han sacado a la terraza el televisor y las sillas para ver jugar a La Roja. Los veo desde arriba porque están como en un foso. Todos gritan al unísono mirando la pantalla: ¡Uyyyyyyyyy!

Sigo caminando y los dejo atrás. Silencio. Solo se oyen los pájaros y, a lo lejos, el tráfico de la carretera que va paralela al parque. Poco a poco, otro murmullo que crece. Una fiesta de cumpleaños en la zona de los columpios. Hay un grupo de madres sentadas en el césped, y un montón de niños pequeños que chillan y saltan. Uno viene corriendo hacia mí, y se para en la fuente para llenar un globo con agua. No puede. No tiene la fueza necesaria para apretar el botón y hacer que el chorro salga. ¿Me ayudas?, me pregunta. Le lleno un par de globos, y cuando me doy la vuelta, se ha sacado del bolsillo un puñado más y me los acerca. Todavía faltan todos estos, me apremia. Pero yo le contesto que tengo mucha prisa y que tengo que irme a mi casa. Bueno, y se vuelve a guardar los globos en el bolsillo para agarrar con sus manitas sucias los dos que acabo de inflarle. ¡Ten cuidado, que no se te rompan!, le grito mientras se aleja. ¡Vale! me contesta él trotando hacia donde está la fiesta.

Continúo mi camino, que no es ninguno en concreto. Después de bastante rato, me cruzo con una mujer que lleva puesta una camiseta verde con letras blancas: Escuela Pública de Todos para Todos. El chihuahua que va con ella se acerca a olerme y ladra, la mujer le llama la atención para que no me moleste. No pasa nada, la tranquilizo. Es que le gusta saludar a la gente, contesta ella, y como hoy no hay jaleo por la calle, te ha visto venir y se ha puesto contento. Sí, hoy está todo muy tranquilo, le confirmo. Sí, añade ella, esperemos que juegue mucho España.

La dejo atrás y bordeo la pinada. Las mesas del merendero están vacías. Camino, camino. Hay tanta calma… ¿Qué habrá pasado con el partido? Cuando llego a casa, enciendo la tele y veo las noticias. Hemos perdido y estamos fuera del campeonato.

parque. http://www.panoramio.com/photo/87892128

Esa hilera de señores

De pie dentro del estadio de fútbol. De espaldas al campo de juego, rodeando su perímetro. Mirando al graderío que ruge. Quietos, rígidos. Atentos a la avalancha humana que se les viene encima.

moáis. http://megaconstrucciones.net/?construccion=moais-isla-pascua

Venga, hombre

Yo no sé si me gusta ser futbolera, la verdad, porque se sufre un montón. Anoche iba con prisa a todas partes, pendiente de la hora para poder llegar por lo menos a ver la segunda parte de la semifinal, pero todo se iba enredando como por inercia, y yo cada vez de peor humor. Afortunadamente, llegué más o menos bien.

Después, la dinámica del partido. Como no entiendo las normas, todo es un a verlas venir. Si uno de los nuestros está a punto de marcar un gol, ¿por qué de repente se para el juego? Porque ES fuera de juego. Pues vale. Los comentarios de los periodistas también me confunden: adentrarse en un bosque de contrincantes blancos, pero qué jabato que es uno, y qué maquinita que es otro, y venga Jesusito que tú puedes, y así todo el rato. Me despisto de la bola y me quedo colgada en esas frases que sueltan, tan de andar por casa.

Además, me contagio del nerviosismo generalizado, del que transmite el televisor y del que llega desde la calle a través de los berridos de los vecinos que ven el partido en las terrazas de los bares. Y los penaltis, qué voy a decir yo que no sepa un futbolero de los de verdad. Me dolía el corazón, en serio. Qué tensión.

Pero lo peor fue al acabar el encuentro, porque justo cuando llegaba lo más bonito: nuestros chicos pletóricos de alegría, abrazándose y haciendo piruetas, los portugueses llorando con todo el peso de la derrota encima… van y ponen anuncios. ¡Venga, hombre! Así no hay quien se haga forofa ni nada, si después de haber sufrido tanto, te quitan lo que más te gusta. Aunque mejor, porque todavía no tengo edad para padeder del corazón.

En cualquier caso, sea como sea, no pienso perderme la final contra Italia.

Cuartos de final

Lo reconozco. Deseaba con todas mis fuerzas que ganara España y que perdiera Francia. ¿De dónde provenía esta pasión extraña? Me preocupé. Buceé en mi subconsciente y di con la explicación: había establecido una asociación muy intensa entre Sarkozy y el equipo francés. ¡Voilà! El resultado del partido sirvió para la catarsis, aunque vaya por delante que los políticos españoles tampoco me gustan nada. ¡Olé!

Busquets, por Dios, ¡tira!

Esto es lo que gritaba el comentarista de la tele, justo cuando me abría la puerta de su casa mi amigo Alfonso. Se desgañitaba el hombre, le salían gallos de forzar tanto la voz por el micrófono. ¿Era necesario tanto aspaviento?

Entré en el salón y dije hola a todos los reunidos. Por lo visto, el partido entre España y Croacia estaba siendo complicado, y había mucha tensión en el ambiente porque, según lo que me explicó Alfonso acerca de cómo va eso de los puntos y de los grupos, así por encima y como muy deprisa, España podía quedarse fuera de la Eurocopa si no marcaba un gol lo antes posible. Entonces entendí lo del periodista deportivo, que además era de Tele 5, para más señas.

Me hice un hueco en el sofá y me senté sin descolgarme el bolso, porque yo no quería que perdiera España, que conste, pero si la selección no marcaba antes de diez minutos, aquello iba a ser todo un espectáculo de frustración y derrota, y no iba a perdérmelo por nada del mundo.

El tiempo pasaba, y yo también empecé a ponerme de los nervios, igual que mis amigos futboleros y que los hinchas españoles que enfocaban las cámaras de vez en cuando, mordiéndose las uñas con la cara pintada a rayas.

– ¡Pero si ese es Feli! -voceé sorprendida, señalando el primer plano de la pantalla.

Mis compañeros de sofá ni me miraron, estando como estaban, metidos en la intriga del juego.

– ¡Feli! ¡Mi novio de cuando vivía en el barrio de Aluche! -insistí, a pesar de que la pantalla volvía a estar ocupada por los jugadores, que corrían desaforados por todo el césped.

Nadie me respondía, aunque yo los miraba a todos uno por uno esperando a que me dijeran algo. Nada. Al principio me dolió que me ignoraran, pero enseguida me hice cargo de lo que estaban sufriendo en aquel momento y dejó de importarme que no me hicieran caso. Qué cosas tiene el fútbol, pensaba, hacía millones de años que no veía a Felipe y tenía que encontrármelo por la tele, mordiéndose las uñas en un estadio polaco.

Entonces fue cuando metió el gol Jesús Navas, que me cae muy bien, por cierto, y todo el mundo empezó a chillar de alegría:  los seguidores de España que saltaban en las gradas, los comentaristas deportivos de Tele 5, toda la gente reunida en la casa de Alfonso, y los vecinos del piso de al lado, desde donde venían alaridos mucho más espeluznates que los que se escuchaban por la tele.

España estaba salvada.

A mí también me gusta el fútbol

Hace algún tiempo, un amigo me invitó a colaborar en un blog futbolero. ¿Y qué voy a escribir yo sobre eso?, contesté. Pero él, sensible a mi desconcierto, me explicó que podía utilizar este deporte como una vía para contar diferentes historias: de superación, de humildad, de egocentrismo, de solidaridad… El fútbol abarca y da para tantas cosas, dijo, que podría servir para casi todo. No voy a describir la cara que se me puso después de escuchar aquello.

El runrún de lo que me había dicho este amigo quedó flotando en el interior de mi cabeza, hasta que un día, acodada en la barra de una cafetería, leí el siguiente titular en el periódico de un señor que estaba sentado a mi lado: “Marca vende cada día 103.719 ejemplares más que As”. Inmediatamente me pregunté para mis adentros: ¿Y por qué? Y fue entonces cuando me di cuenta de que, al fin y al cabo, yo también me intereso por el fútbol.

Mi ignorancia supina sobre las reglas de este deporte hace que dé mil vueltas alrededor de las cuestiones más estúpidas; según aquellos que me rodean y que entienden del tema, claro, porque a mí sí que me parecen asuntos interesantes, aunque no tengan nada que ver con la trayectoria de la bola. Así, reconozco, por ejemplo, que disfruto analizando el lenguaje no verbal de los entrenadores en las ruedas de prensa, y que también me fijo mucho en la información que se refleja en los marcadores durante la retransmisión de un partido, porque, aunque no la entienda toda, lo que más me interesa es observar cómo avanza la tecnología en este sentido. Pero lo que más me gusta, con diferencia, es cuando un equipo juega un partido muy importante y gana y se vuelve loco, o pierde y todos los jugadores se ponen a llorar desconsoladamente.

Quiero aclarar que no soy mala persona y que, además del amigo que he mencionado antes, muchas otras personas podrían atestiguarlo. No disfruto con la desgracia ajena, sino con la expresión auténtica de las emociones, y no se puede negar que este tipo de situaciones son bastante intensas… En fin, que a lo que voy es a admitir que, efectivamente, a mí también me gusta el fútbol, aunque sea a mi particular manera.