Paradojas

Una vez tuve un profesor de lengua que me dijo que la ignorancia explicaba muchas cosas.

– Qué paradoja, ¿verdad que sí? – me preguntó mientras colocaba su mano grande y peluda sobre mi blanquecina pierna.

Todos los niños se habían ido al recreo, y yo me moría de ganas por irme también a correr al patio, pero el profesor me había parado en la puerta y me había pedido que volviera a sentarme en mi sitio y esperara un poco.

Los rayos de sol entraban por las ventanas abiertas, podía escuchar los gritos de mis compañeros jugando al rescate. El profesor me miraba en silencio y me acariciaba la rodilla. Yo estaba incómoda, desconcertada. No sabía lo que era una paradoja.

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