Unas bragas blancas con lunares amarillos

LLevan días enganchadas en la arizónica de ahí afuera, reparo en ellas cada vez que me siento en el sofá y se me ocurre mirar hacia la ventana. Están muy cerca, son claramente visibles, aunque, la verdad, me gustaría ser capaz de obviarlas, no tener que contemplar la estampa que me ofrecen. Cuelgan de la rama como un reloj de Dalí y, pellizcando la prenda, suspendida en el aire, una pinza de madera que parece no pesar lo suficiente como para que la fuerza de la gravedad modifique la imagen que últimamente tengo que presenciar a diario.

No sé quién vive arriba, pero no me gustan esas bragas. Puedo verles la etiqueta, muy larga y llena de letras negras. Creo que si me esforzara un poco, podría llegar a leer lo que pone en ella, pero prefiero no obsesionarme con un calzón extraviado que cuelga frente a mi ventana. No es sano.

Noto que esas bragas me están empezando a dar rabia. Quizá pueda servirme del palo de la fregona para desengancharlas de la arizónica y perderlas de vista de una vez por todas.

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